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«El perdón nos lleva a saborear el presente sin el veneno del pasado»


Escrito por: Yulieth Mora


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Sobre las baldosas color crema de un baño al norte de Bogotá, hay una frase escrita a puño y letra, «el perdón nos lleva a saborear el presente sin el veneno del pasado». El baño no es uno cualquiera, Pedro, el dueño de ese baño y esa letra, le llama ‘La inoteca’. Enfrente del sanitario está clavada una caja de madera con libros que rotan por días de donde provienen otras frases que a Pedro le han parecido reveladoras, ideas nuevas que le gusta repetirse mientras se alista para salir de su apartamento o para quedarse en los recorridos que ofrece por él.

 

Ese lugar que habita, que también es su casa, es un museo-hogar, Pedro Medina es su fundador, el creador del Museo de la Paz. «Está loco», le dicen a Pedro, tan loco como otros que tienen museos de este tipo, como ‘Beto’ Murgas, que hizo en su casa de Valledupar, el Museo del Acordeón, como Ron Antonio que plantó en su casa esquinera de La Soledad en Bogotá, el Museo de la Basura o como Alfonso Rodríguez, que tiene el primero de broma en el país, el Museo del Carajo en Felidia, Valle, a 17 kilómetros de Cali.

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Se saben cosas de Pedro. Estudió Economía e Historia en la Universidad de Virginia, tiene un MBA, fue nombrado Colombiano Ejemplar, dictó clases en la Universidad de los Andes y tiene un Bachelor en Hamburguerología en la Universidad de la Hamburguesa de Chicago.

 

Se sabe que fundó McDonald’s en Colombia, que tiene 3 hijos, es separado, que renunció a su posición en esa cadena de restaurantes, que hoy no come carnes rojas, ni gaseosas; que es el fundador de Yo Creo en Colombia, organización conformada por más de 2.500 personas alrededor mundo y que en sus conferencias reparte agua de panela para que la gente se mantenga activa, que compró un lote en Choachí para instalar La Minga, centro de ampliación de conciencia; que más adelante piensa vivir allá, sacar zanahorias, recoger uchuvas y simplificar la vida. Se saben cosas de Pedro, ‘El hombre que más cree en Colombia’, dicen los titulares.

 

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En la puerta una lámina indica que allí es el Museo de la Paz. La puerta se abre y detrás está Pedro con gafas de marco rosado y lentes azules de plástico que sobrepasan el tamaño de su cara; da la bienvenida inusual, como el museo. Pedro dice: “yo tengo cuatro desafíos para sentirme cada día en Paz y el museo los combina”. Pedro abre su casa cuando llaman y planean la visita. Le encanta la idea de que la casa no sea vuelva necesariamente privada, que el mayor orgullo no sea la cenefa del baño. Abre su museo a exguerrilleros, a indígenas, a jóvenes, a viejos, a su tía, sus hijos, la gente, a los periodistas.

 

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Un tapete de colores inicia la INSPIRACIÓN. Con ayuda de Pedro los visitantes recuerdan que hubo una mujer… “Era Manuela Beltrán, cogió el edicto del Rey, en la plaza de mercado, frente de todo el mundo y lo arrancó, lo volvió pedacitos, se sentó encima y se orinó en un acto de desafío profundo” y hubo un hombre, “José Antonio Galán que lideró una marcha de mil personas desde Socorro hasta el Puente del Común” al que condenaron y al que le cortaron el cuerpo en cuatro partes, “a él, y a otros tres, les cortaron la cabeza, los brazos, las piernas… Las colocaron en plazas diferentes de Colombia para que no hubiera revolución, desde entonces hay revolución en Colombia. Yo soy revolucionario”, dice Pedro y los invitados pisan este tapete hecho en Socorro, Santander, el mismo pueblo en que esos dos patriotas se hicieron.

 

El recorrido avanza y salen las anécdotas, como esa en que el presidente de una compañía le pidió que le cambiara el chip a sus empleados, con irreverencia – como los revolucionarios – le dijo: «Su gente no es un celular. A la gente no se le puede cambiar el chip. Lo que uno puede es: inspirar el deseo de cambio». Inspirar eso hace Pedro.

 

Tres pasos más y aparecen objetos. Un corazón de panela, un baúl con cucharas de palo, un instrumento de origen persa, atípico, que se llama Salterio, cinco segundos del himno de la alegría, una frase de García Márquez –que no es cualquiera–, una escultura que se llama Yesman, a la que Pedro le consulta todo, que sube y baja la cabeza a pesar de que nadie pregunte.

 

Objetos. Rocas que fueron animales, un frailejón, una foto, una mesa de comedor que se convierte en galería de dibujo con los carboncillos que aprendió a hacer cuando tenía 40 años; entre objeto y objeto, los ojos abiertos y los visitantes ya están en otro desafío: INNOVACIÓN.

 

Con el arte que solo sabe un acumulador, Pedro recolecta historias sorprendentes sobre asuntos que parecen evidentes, rompe los paradigmas con sus objetos; se puede ver lo que fueron testículos de un toro, piedras con huecos a la mitad que invitan a entender nuevas perspectivas si se mira a través de ellas, una gallina de plástico que cacarea. «Innovar es arriesgarse a hacer cosas. Entre más, uno se arriesga más se desarrolla esa capacidad. ¿Cuál es el límite? Los valores y principios eso no se debe sobrepasar. Innovar es cómo nos quitamos la máscara, cómo usamos nuestra realidad. En Colombia por mucho tiempo nos dijeron, no muestre, no haga, no se acerque, no conecte, guarde la distancia, perfil bajo, ¿qué dirán? El país ha cambiado y eso está pasando frente a nuestras narices», dice Pedro, que ha innovado haciendo de su casa un museo de objetos que narran una nueva forma de ver el mundo.

 

Los visitantes cruzan el pasillo que conecta con TRANSFORMACIÓN, su habitación principal, en primer plano su cama, el íntimo espacio donde Pedro duerme, donde hace el amor, donde descansa y lee. La cama la hizo un carpintero de Pensilvania, Caldas, con las raíces del café que cultivan en la finca de Los Vásquez, en Chachagüí, Nariño, «les dije qué van a hacer con todas esas raíces y me dijeron que quemarlas que eso no servía para nada. Me traje en mi carro 13 raíces de 20 años, 260 años de historia. Esta cama es única como el dueño», cuenta Pedro, el que convirtió raíces ‘inservibles’ en muebles, el mismo que está seguro de que ninguna persona toma decisiones equivocadas, sino correctas basadas en sus paradigmas y lo que se necesita dice Pedro es transformar esos paradigmas, crear unos nuevos que sanen, reparen y construyan una sociedad distinta.

 

Frente a su cama se despliega una caja que más parece una colmena con pequeños objetos adentro, es el Sistema de Visitante Frecuente; en el recorrido Pedro pide a las personas que elijan uno de los objetos que almacena y las personas se llevan, un grano de café, uno de cacao, un chochito del Caquetá, una paloma de la paz, algo muy colombiano, que le recuerde su visita al Museo de la Paz. Un paso fuera de la habitación y los visitantes pasan a ‘La Inoteca’ y se quedan con una frase. La que los confronte, la guardan dentro, «El perdón nos lleva a saborear el presente sin el veneno del pasado».

 

Casi acaba el recorrido, pero antes, Pedro entra a la cocina, la zona de ALIMENTACIÓN –abarrotada de platos de barro, uno sobre otro aseguran que un batallón comió la noche anterior–, cuenta que su amigo Toño del Chocó, lo visitó, que lo conoció durante un viaje al Parque de Utría donde Toño era guía y que hoy su amigo estudia para convertirse en un chef admirable.

 

Pedro abre la nevera, saca un plato, corta y ofrece una rodaja, los visitantes mastican; sabe a jengibre, como a anís, pero también a wasabi y mientras se vuelve un sabor familiar Pedro pregunta «¿Saben qué es? Se da en Colombia. Me lo dio a conocer un alemán. Anoche les di a probar a mis invitados y la gente decía: ¿por qué en Colombia no conocemos esto?», al fin se deja de rodeos y dice: «son cubios. Cubios amarillos. Crudos».

 

Los visitantes se despiden, la puerta se cierra y ellos se quedan pensado en todas esas historias. Se quedan pensando que son privilegiados de vivir en Colombia, como dijo Pedro, «en un país que pasó de 3 mil secuestrados a 150, que pasó de tener un jugador de fútbol en ligas internacionales a 400, un país lleno de naturaleza, el más biodiverso por metro cuadrado del planeta». Se quedan pensando que van a hacer cosas nuevas, que van recorrer más el país, que quieren transformarse. Fuera de la casa de Pedro es cuando cobra sentido tener un museo en la casa, porque la paz no se dice, se construye, se contagia. La paz empieza en casa, esta vez en casa de Pedro.

 

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