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Todo parece indicar que 2016 será el año en el que terminará el conflicto armado colombiano (o por lo menos la confrontación con el grupo ilegal más importante, pues queda pendiente el futuro del ELN).


Escrito por: Angelika Rettberg


Se lograría así una hazaña considerada hasta hace poco muy improbable tanto por la literatura académica como por quienes formulan políticas públicas. Según los académicos, Colombia formaba parte del grupo de los conflictos “intratables” o de difícil resolución. Factores como el narcotráfico —el principal combustible de esta guerra— y una serie de factores sociales y económicos contribuyeron durante años a que académicos y formuladores de políticas fueran escépticos respecto al logro de un cese de la guerra en Colombia.

 

Sin embargo, aun sin haber superado muchos de estos problemas, el país ha sido testigo de un proceso de negociación que los observadores han considerado ejemplar por su diseño, la voluntad política de las partes y porque ambas han cedido hasta el punto de llegar a este momento, en el que buena parte de los aspectos sustanciales han sido resueltos y en el que ya, como decía el jefe de la delegación del Gobierno, Humberto de la Calle, la negociación va en escalera eléctrica hacia la firma del acuerdo final.


Se trata del logro político más importante del país en las últimas décadas. Sin embargo, la construcción de una paz duradera enfrenta varios desafíos. En primer lugar, la implementación de los eventuales acuerdos será costosa y demorada. A pesar de los múltiples esfuerzos realizados por el Gobierno Nacional para obtener apoyo internacional, las sumas comprometidas son por ahora insuficientes y sugieren que los colombianos deberemos asumir gran parte de los costos de la paz. Esto tiene aspectos positivos porque nos obliga a ser líderes de nuestro propio futuro y no delegar en terceros la responsabilidad de nuestra transformación. Sin embargo, esboza también la difícil negociación-después-de-la-negociación que habrá que adelantar para priorizar entre las múltiples, simultáneas y siempre apremiantes necesidades de una paz estable.


En segundo lugar, la opinión pública colombiana, si bien históricamente ha preferido la negociación por encima de la solución militar como mecanismo para cesar el conflicto colombiano, es escéptica frente a la voluntad real de las Farc a entregar las armas, renunciar al narcotráfico y asumir las reglas de la competencia civil por los votos de la población colombiana. Que renuncien a la lucha armada es un paso fundamental para las Farc, pero aún no les garantiza su legitimidad como actor político civil ante la mayoría de la población colombiana. Esto se convierte en uno de sus retos futuros más importantes.


En tercer lugar, la implementación de los acuerdos y planes en las regiones requiere de la colaboración incierta de autoridades locales recién instaladas que evadieron el tema de la paz en sus campañas pero que ahora dispondrán de nutridos presupuestos para implementar la agenda de la paz territorial. Ya sabemos que, a pesar de los grandes logros de la descentralización política y administrativa en el país, el nivel local sigue siendo un eslabón débil en el logro de metas nacionales, pues es insuficiente la capacidad administrativa y abundan las oportunidades para el despilfarro y la malversación de recursos. Acompañar la implementación en el nivel local para que redunde en el fortalecimiento del Estado, y no en su ulterior debilitamiento, es otro gran desafío en los próximos meses.


Finalmente, el fantasma centroamericano —región donde la violencia homicida se disparó después del acuerdo— parece exagerado para el caso colombiano. Sin embargo, la criminalización en regiones antes ocupadas por los actuales actores armados ilegales así como la continuación y transformación de algunas formas de criminalidad constituye un riesgo real y debe ser prevenido prioritariamente para no perturbar la percepción y realidad de creciente seguridad en el país.


Los libros de historia remarcarán en esta, la etapa que se iniciará cuando se plasmen las firmas en el acuerdo final, como una nueva etapa de la vida nacional. De la manera en la cual nos preparemos y abordemos estos desafíos dependerá que no se afecte la grandeza del momento.

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